Cuadernos de Cirugía, Vol. 19 N° 1, 2005, p. 9-10
DOI: 10.4206/cuad.cir.2005.v19n1-01

EDITORIAL

 

REQUIEM A UN MEDICO DE LA MEDICINA PUBLICA

 


 

Soy uno de los médicos que en el año 1970 recibieron su título en el teatro Municipal de Santiago de manos del Decano Jadresic, el primer decano elegido después de la reforma universitaria. Eran los años en que soñábamos que podríamos cambiar nuestra sociedad.

Nuestro mayor anhelo era trabajar para el Servicio Nacional de Salud como médico general de zona, realizar una beca primaria o de retorno en algún hospital del Servicio Nacional de Salud que habitualmente se encontraba bajo la supervisión de la Universidad de Chile.

En 1980 se inicia un cambio de la salud en nuestro país, en el que la medicina pública socializada de responsabilidad del estado, comienza a ser traspasada a los usuarios y a instituciones de Salud con fines de lucro.

Muchos médicos, se oponen a la aparición de las Isapres, las cuales con la ayuda del gobierno de la época, van ganando un espacio y van creciendo, tanto es así que los médicos tratan de formar sus propias Isapres que sean más solidarias y sin fines de lucro.

El sistema público de salud recibe menos dinero y comienzan un lento deterioro de los hospitales estatales, con un endeudamiento cada vez mayor. Los médicos son cuestionados en su forma de entregar salud, se les acusa de despilfarro de los medios y se les culpa por el desfinanciamiento de los hospitales. Al no existir una tutela ética del Colegio Médico, transformado en Asociación Gremial, comienzan a surgir las demandas por mala práctica, las cuales van siendo cada vez más numerosas en los años posteriores.

Todos esperaban que con el retorno de la democracia, esto mejorara, pero lentamente nos dimos cuenta de que no era así y si bien es cierto se realizan una serie de inversiones en los hospitales, los presupuestos son insuficientes, FONASA no cancela lo que corresponde por las prestaciones médicas y por ende el endeudamiento y deterioro de estas instituciones es cada vez mayor.

Los mejores especialistas comienzan a abandonar los hospitales públicos trasladándose a las clínicas privadas, en donde encuentran mejores condiciones económicas y posibilidades de ejercer una medicina de acuerdo a los tiempos. Esto sucede principalmente en Santiago y en algunas ciudades de Chile.

Siempre había sido un orgullo que la mejor medicina fuera entregada en los hospitales del Servicio Nacional de Salud, por eso la mayoría de los médicos deseaban trabajar en ellos. En la actualidad somos testigos de cómo se ha ido produciendo una brecha cada vez mayor entre el sector privado que se ajusta a la medicina del siglo XXI y la limitada atención que se puede entregar en los hospitales públicos que se fueron quedando atrás por la falta de insumos, renovación y compra de equipos modernos.

Sin lugar a duda una reforma de la salud era algo totalmente necesario, donde había que mejorar las condiciones de trabajo, lograr una salud con mayor equidad, de mejor calidad y con mayor justicia. Así podemos visualizar la reforma en salud como un planteamiento ético, pero al imponerse un esquema economicista, al no alcanzar el dinero para todas las necesidades, hay que priorizar en qué tipo de patologías se va a gastar el dinero, o qué patologías FONASA se van a cancelar mejor, produciéndose una discriminación entre enfermos AUGE y los que no lo son.

Los médicos recién egresados no ven tan claro una carrera funcionaria, como era antes. Ellos miran hacia el sistema privado para lograr un nivel profesional más alto y mejores ingresos, perdiéndose en muchos de ellos la mística del servicio público.

Como centro universitario en el que formamos médicos, debemos enfatizar que la Medicina es una vocación de servicio al ser humano. Es necesario reencantarnos nosotros y a nuestros alumnos en esta vocación, que tiene como fin, el servicio al enfermo. No podemos relativizar los principios éticos dándoles una dirección utilitarista, pues en esta forma caemos en el tecnicismo olvidándonos del paciente. Buscamos más nuestro éxito profesional que el mejorar, consolar y acompañar a nuestros pacientes. Todo el desarrollo técnico, si no está al servicio del hombre, no tiene sentido.

Si tenemos nuestros valores éticos firmes, independiente del sistema o el gobierno de turno, debemos seguir sirviendo al hombre enfermo como nuestro único norte, porque así lo demanda nuestra vocación.

 

Dr. Alejandro Murúa Barbenza
Jefe Servicio de Cirugía
Hospital Clínico Regional de Valdivia