ESTUDIOS FILOLÓGICOS, Nº 39, septiembre 2004, pp. 83-120
DOI: 10.4067/S0071-17132004003900005

 

 

El atlas lingüístico y etnográfico de Chile. Localidades y cuestionario*

Linguistic and ethnographic atlas of Chile. Locations and questionnaire

Claudio Wagner

Universidad Austral de Chile, Instituto de Lingüística y Literatura, Valdivia. E-mail: cwagner@uach.cl.
* Este trabajo forma parte del Proyecto de investigación Fondecyt 1030463 (2003).


 

Este trabajo da a conocer tanto la red de localidades y el cuestionario que fueron diseñados para obtener los datos que conformarán el Atlas lingüístico y etnográfico de Chile por regiones, ALECh, como los criterios que se utilizaron para la selección de esas localidades y de las preguntas del cuestionario. Como estos criterios, a su vez, se fundamentan en el conocimiento de la geografía, la historia, los movimientos de población, las actividades de producción de la comunidad, de cuyo lenguaje y manifestaciones culturales el atlas pretende ser un testimonio, estos factores extralingüísticos son considerados primeramente.

Palabras claves: geografía lingüística, atlas lingüístico, dialectología, geolingüística.


This paper shows a net of locations and the questionnaire designed to get the data for the Linguistic and Ethnographic Atlas of Chile by regions, ALECh, the criteria used to choose those locations and the questions included in the questionnaire. Since these criteria are based on the knowledge of the geography, the history and the production activities of the community, of whose language and cultural manifestations the atlas intends to become a testimony, these extra-linguistic factors are considered at the beginning.

Key words: linguistic geography, linguistic atlas, dialectology, geolinguistics.


1. INTRODUCCIÓN

El interés por las hablas vivas lleva en Chile algo más de un siglo, con un primer diccionario de chilenismos publicado por Zorobabel Rodríguez en 1875, y con los estudios sistemáticos de Rodolfo Lenz sobre lo que él llamaba "español vulgar" de Chile, a partir de 1894 (Lenz 1940: 17 y 43). A ellos se suma una interesante aunque no larga lista de estudios puntuales de carácter dialectal realizados en el país, todos relativos al léxico (Wagner 1983: 11-13), que pueden ser considerados como la primera etapa de acercamiento al habla chilena.

Solo a la década del sesenta se remontan los primeros frutos de la idea de aplicar al estudio del español de Chile el método geográfico lingüístico, aunque ya en 1940 Rodolfo Oroz anunciaba tal propósito (Araya 1968: 7) y algunos años más tarde Ambrosio Rabanales y Luis Cifuentes (1944-1946) publicaban, en esa línea, un vocabulario recopilado en ocho localidades de la provincia de Coquimbo.

Pese a que la obra clásica de Oroz, La lengua castellana en Chile, de 1966, entrega utilísimas observaciones sobre la distribución geográfica de determinados aspectos del español hablado en Chile, no es técnicamente un estudio dialectal al valerse el autor, para su descripción del español de Chile, no solo de encuestas dialectales por correspondencia, sino de testimonios de la literatura nacional y otra información proporcionada por estudios de diversa confiabilidad.

En la práctica, los trabajos de geolingüística se inician en Chile en la Universidad Austral de Valdivia, con Geografía léxica valdiviana: el campo y la costa, de Claudio Wagner, un estudio inédito de 1963, dirigido por Guillermo Araya, en quien hay que reconocer al real impulsor de este método en el país. La nómina de las investigaciones de geolingüística realizadas por sus discípulos, así como por los estudiantes graduados de lingüística de éstos, referentes a distintos ámbitos geográficos menores del país así lo demuestra. Todos estos trabajos, a los que se deben sumar los realizados en la década del setenta por investigadores ligados a la Universidad de Concepción y a la Universidad del Norte, de Antofagasta (Wagner 1983: 13-20), constituyen para nosotros la segunda etapa de acercamiento al habla chilena.

La elaboración de atlas lingüísticos propiamente tales, finalidad última de la geolingüística, conforma por cierto la tercera etapa, con dos atlas lingüísticos, el ALESUCh y el ALH-Chile, que son los precedentes directos del Atlas lingüístico y geográfico de Chile por regiones, ALECh1.

En efecto, el ALESUCh, Atlas lingüístico-etnográfico del Sur de Chile, fue el primer atlas lingüístico que se haya publicado en Chile2. En su realización intervino un equipo de investigadores encabezado por Guillermo Araya, quien comenzó a diseñar la obra en 1966 y logró publicar un primer y único volumen en 1973, ya que su trabajo fue desgraciadamente interrumpido. Razones prácticas más que teóricas llevaron a la elaboración de un atlas regional en lugar de un atlas de primera generación, o atlas nacional.

Aparte de sus bondades y de la gran cantidad de material lingüístico tanto como etnográfico a que tuvo acceso, el ALESUCh (Araya 1968) nos mostró que el territorio elegido era demasiado pequeño para cualquier pretensión de distinguir en Chile áreas dialectales o fijar con certeza la distribución geográfica de determinados fenómenos lingüísticos.

El ALH, por su parte, fue aplicado, por encargo de Manuel Alvar, a territorio chileno por un equipo de la Universidad Austral de Chile encabezado por Claudio Wagner entre 1993 y 1995. Con los 28 puntos que se le asignaron y un cuestionario elaborado a escala continental se pudo contar, por primera vez, con material lingüístico de todo el país y, por lo tanto, con una aproximación real a la distribución en Chile de ciertos fenómenos lingüísticos (Wagner et al. 1994).

La experiencia de ambas empresas, además, nos evidenció la conveniencia, para un atlas como el ALECh, de un cuestionario que combinara cuestiones apropiadas a un cuestionario de gran dominio (nacional) tanto como a uno de pequeño dominio (regional).

2. ANTECEDENTES PARA LA DETERMINACIÓN DE LA RED DE PUNTOS Y DEL CUESTIONARIO

Nuestro propósito en esta oportunidad es dar a conocer tanto las localidades y el cuestionario diseñados para obtener los datos que conformarán el ALECh como los criterios que se utilizaron para la selección de esas localidades y de las preguntas del cuestionario. Y como todo atlas lingüístico ­más aún si también es etnográfico­ se quiere un documento representativo no solo de las variedades lingüísticas de un pueblo, sino también de su cultura ­que se ha venido construyendo históricamente­, una empresa de esta naturaleza exige ciertamente conocimiento de la geografía, la historia, los movimientos de población, las actividades de producción y, en fin, de los modos de vida de la comunidad, de cuyo lenguaje y cultura el atlas pretende ser un testimonio. Dado que el conocimiento de estos factores extralingüísticos ha sido, en definitiva, el que ha orientado los criterios a que se hace alusión más arriba, nos ha parecido pertinente referirnos brevemente a ellos en primer lugar3.

El territorio del ALECh. Chile está situado en el extremo suroeste de América del Sur, entre los paralelos 17 y 56 S, con el meridiano 70 W sirviéndole de eje, incluyendo las islas Juan Fernández y de Pascua, alejadas del continente. Está separado del resto de América por grandes fronteras naturales: los desiertos al norte, la cordillera de los Andes al oriente, y el océano Pacífico al poniente y al sur, características geográficas que le confieren un singular aislamiento, que por cierto ha repercutido en su desarrollo lingüístico. No por casualidad, tres de las seis hipótesis que se han formulado sobre la articulación dialectal del español de América conceden al territorio chileno una zona no compartida, exclusiva (Moreno Fernández 1993).

La conformación del territorio dispuesto como una faja de algo más de 4.200 km de longitud con una anchura media de aproximadamente 290 km proporciona una diversidad orográfica ­con desiertos en el extremo norte, multitud de fiordos, canales y estrechos en el extremo sur, dos cadenas montañosas longitudinales con una depresión intermedia, una extensísima costa­, climática, en su fauna, flora y riquezas naturales, que naturalmente han causado profundas diferencias en lo que respecta a su historia, a su poblamiento y al modo de vida de sus habitantes. De hecho, las fronteras del país, especialmente las de los extremos, eran otras en el siglo XVI, cuando fue descubierto por los españoles, y los movimientos de población para cubrir territorios de colonización, dirigidos o no, se sucedieron en diversas épocas, apareciendo con ello nuevas fuentes de ocupación para los pobladores.

La superficie total del país (excluyendo el territorio antártico situado entre los meridianos 53 y 90, que Chile desde 1940 reclama como de su posesión) alcanza a unos 742.000 km2, pero en ella no viven los 15.116.435 habitantes que especifica el INE (2002), porque la mayor parte de ese territorio es inhabitable. En verdad, la superficie habitable o aprovechable, la superficie real, no supera los 290.000 km2, lo que por cierto tiene importancia no solo para la selección de las localidades de encuesta, sino para el cálculo de densidad poblacional del país y de relación punto de encuesta-número de habitantes (Wagner 1998: 125).

Dada la particular configuración orográfica del país, en los extremos norte y sur la población se ha asentado sobre las planicies costeras, en un caso para escapar del desierto y, en el otro, de la infinidad de islas inhóspitas, surgiendo centros urbanos de importancia, como Antofagasta e Iquique por el norte, y Punta Arenas por el sur.

Los valles precordilleranos de la cordillera andina, por el contrario, han permitido la existencia solo de pequeñas agrupaciones o poblados constituidos normalmente por una población casi siempre indígena, que desarrolla una economía agraria de autoconsumo.

La mayor parte de la población se asienta, pues, en la depresión intermedia, que se presenta diferenciada a lo largo del territorio: en el extremo norte es una extensa meseta, desértica en su mayor parte, en la que se explota desde antiguo la minería de salitre, plata y cobre entre las más importantes. A continuación de esta meseta desértica, desde el río Copiapó (27) hasta el cordón montañoso de Chacabuco (32), la depresión intermedia se ve interrumpida por cadenas montañosas que unen ambas cordilleras, dejando entre ellas valles transversales que han sido destinados a la agricultura, especialmente de la vid, esto último muy recientemente.

Más al sur, el valle longitudinal se extiende hasta llegar al golfo de Reloncaví. Es esta la región tradicional del país, especialmente la comprendida entre los grados 32 y 35 (cordón de Chacabuco y río Maule), desde donde ha nacido la expansión hacia el norte y hacia el sur, y en la cual se concentra la principal riqueza agrícola, ganadera, forestal e industrial del país.

Finalmente, al sur del golfo de Reloncaví, la depresión intermedia se hunde en el océano dando lugar a los canales, fiordos y estrechos patagónicos que cubren la cuarta parte del territorio nacional.

Conformacion del territorio nacional. El territorio chileno fue descubierto por los españoles en 1520 por el extremo sur y en 1535 por el norte, y conquistado por Pedro de Valdivia en 1541 y las expediciones siguientes. Los límites de la colonización española en Chile estuvieron dados por los desiertos del norte y el máximo avance hacia el sur que les permitieron los mapuches, es decir, la región central de Chile, entre el valle de Copiapó (27) y el río Maule (35) primero, y luego hasta la línea de los ríos Bío-Bío y Laja (37). La región comprendida entre los ríos Itata (36) y Toltén (39) se mantuvo bajo el dominio de los mapuches durante todo el período colonial y hasta fines del siglo XIX, lo que no impidió que los españoles fundaran poblados fortificados en esa región y más al sur ya desde muy temprano, los que estuvieron sujetos por cierto al continuo ataque de sus primitivos pobladores, mapuches hasta el Toltén, huilliches desde allí hasta el archipiélago de Chiloé (43). Los extremos norte y sur del país eran desconocidos por los colonizadores o inaprovechables hasta ese momento.

La conformación del territorio chileno actual ha sido producto de un proceso histórico de incorporación y pérdida de territorio. A comienzos del siglo XVI se le entrega a Pedro de Valdivia el gobierno de un territorio que se extendía entre los grados 27 y 41, abarcando de poniente a oriente cien leguas desde la costa, con lo que comprendía también las regiones de Cuyo y Tucumán, al oeste de la cordillera andina, hoy pertenecientes a Argentina.

A mediados del siglo XVI, el límite sur fue extendido hasta el estrecho de Magallanes, como lo señala el padre Alonso de Ovalle en 1646. En el siglo XVIII la región de Cuyo es incorporada al virreinato del Plata y la de Tucumán al del Perú, en tanto que la plaza de Valdivia, bajo dependencia del virreinato del Perú es incorporada administrativamente a la gobernación de Chile, y el archipiélago de Chiloé al virreinato del Perú.

A comienzos del siglo XIX, según se señala en la Constitución de 1833, Chile se extendía "desde el Despoblado de Atacama hasta el Cabo de Hornos y desde la Cordillera de los Andes hasta el mar Pacífico, comprendiendo el archipiélago de Chiloé, las islas adyacentes y las de Juan Fernández", pero en los hechos el dominio alcanzaba por el sur solo hasta Chiloé.

Es a lo largo de este siglo que se produce la ocupación efectiva del resto del territorio. En 1843 se comienza a colonizar oficialmente el Estrecho de Magallanes, al que pronto llegarán sucesivas oleadas de inmigrantes, especialmente de la Europa central. También hacia mediados de siglo comienza a colonizarse, con inmigrantes alemanes primero, y luego de otras nacionalidades europeas, la región en torno a Valdivia, que alcanzó hasta el golfo de Reloncaví por el sur (42) y el paralelo 38 por el norte.

En el último cuarto del siglo XIX se producen dos hechos de importancia a este respecto, y que responden al propósito de unificar geopolíticamente al país. Uno es la expansión hacia el extremo norte, más allá del río Copiapó. Intereses mineros llevan a chilenos a establecerse en el litoral y regiones interiores de Bolivia, lo que provoca conflictos con este país, y con Perú, que conducen a la guerra de 1879, a cuyo término pasan a formar parte del territorio chileno las tierras comprendidas entre los grados 27 y 17, antes en manos de Bolivia y Perú.

El otro hecho es el sometimiento final de los mapuches, que permite la colonización de la región comprendida entre los ríos Imperial y Toltén.

Por último, solo a comienzos del siglo XX se inicia la colonización de las tierras que se encuentran más allá de Chiloé (43) hasta Punta Arenas (53), y que continúa hasta hoy, dada su bajísima densidad poblacional en razón de su muy difícil acceso. El poblamiento de este territorio, especialmente de la región de Aisén, es, pues, muy reciente, y él ha sido obra espontánea de los chilotes, que por su aislamiento y condiciones de vida comenzaron emigrando todos los años en busca de mejores trabajos.

La Isla de Pascua o Rapa Nui, que se encuentra a 3.760 km al poniente de Caldera, fue incorporada al país en 1888. Ella está habitada por indígenas polinésicos y una población de hispano-chilenos que en conjunto apenas sobrepasan las dos mil personas.

El proceso de poblamiento. Para la descripción de este proceso distinguimos cuatro grandes áreas o regiones en Chile ­las mismas que nos llevaron a adoptar el modelo de un atlas lingüístico nacional por regiones­, que conforman de manera casi natural grandes espacios dotados de cierta homogeneidad ­histórica, geográfica, climática, ocupacional, de distribución de las poblaciones, de modos de vida­ que bien pudieran constituir eventuales áreas lingüísticas delimitadas por fronteras dialectales que habría que determinar precisamente a partir del análisis de los datos cartografiados.

1. Area norte. El territorio comprendido entre los grados 17 y 27, en Chile llamado Norte Grande, es una región extremadamente árida, cuya riqueza principal es la minería. La gran mayoría de la población es urbana, constituida en torno a los centros mineros y a los puertos, como Arica, Iquique, Pisagua, Antofagasta y otros, que han surgido para evacuar el mineral. Solo un reducido 7% de la población se dedica a la agricultura, especialmente en los escasos valles del desierto y pre-cordilleranos, como Pica, Calama, Toconao, Putre, Camiña, etc., que datan de la época prehispana.

En efecto, antes de la llegada de los españoles, la costa estaba ocupada por pueblos pescadores. Al norte de Pisagua, aproximadamente en el grado 19, por los uros, que ya eran solo un recuerdo, y por los changos, que llegaron a extenderse hasta la bahía de Coquimbo (30) y más al sur, habiendo sido absorbidos a comienzos del siglo XX por la población de los puertos, como pescadores y cargadores.

Los changos adoptaron algunos rasgos culturales de los pueblos agrícolas del interior, de cultura más avanzada, aimaras y atacameños, de los cuales solo sobreviven los aimaras en la pampa del Tamarugal ­en poblados como Pica, Mamiña, La Tirana y otros­, y en la precordillera y la altiplanicie andina colindante con Bolivia. Aun hoy se dedican al pastoreo y a una agricultura rudimentaria, de subsistencia, y están en permanente contacto con bolivianos de la misma etnia.

Más al sur, en la hoya del río Loa (22) y en los oasis de las quebradas y los valles precordilleranos, hasta el río Copiapó (27), habitaban los atacameños o lican-antai, agricultores y pastores, como los aimaras, que también levantaron poblados, como Chiu-Chiu, San Pedro de Atacama, Calama, Quillagua, Peine, Toconao, ya junto al salar de Atacama.

El kunza, lengua de los lican-antai, se hablaba aún hasta mediados del siglo XIX; hoy ya está extinguido, subsistiendo de esta lengua solo un escaso vocabulario.

Durante toda la Colonia y hasta bien entrado el siglo XIX, la costa y la región adyacente hasta el río Copiapó permanecerán despobladas. Es la expansión de la industria salitrera, especialmente a partir de la década de 1870 la que va a provocar su poblamiento, y aunque la provincia de Tarapacá pertenecía a Perú y la de Antofagasta a Bolivia, será fundamentalmente con chilenos provenientes de la provincia de Atacama, y posteriormente de más al sur, que se desarrollarán centros industriales, puertos y ferrocarriles salitreros.

Setenta años antes de la llegada de los españoles, esta región cayó bajo el dominio de los incas. Ni los aimaras ni los atacameños ni siquiera los diaguitas, agricultores de los valles existentes más al sur, entre los ríos Copiapó y Choapa (31) pudieron resistir a estos invasores, que se impusieron por su mayor adelanto cultural y organización. La dominación incásica significó progresos en cuanto al cultivo de la tierra, especialmente de los sistemas de regadío ­que aún perduran­, en la minería y en la construcción. Aunque en su expansión llegaron hasta el río Maule (35), según la mayoría de los historiadores, porque más allá se enfrentaron a la tenaz resistencia de los mapuches, su influencia más profunda se ejerció en esta región norte que va del grado 27 (río Copiapó) ­frontera norte del Chile colonial y de los primeros decenios de su vida independiente hasta la Guerra del Pacífico con Perú y Bolivia­ al 32, especialmente por la riqueza minera del territorio, el carácter pacífico de sus habitantes y, sobre todo, por su importancia estratégica en cuanto vía de comunicación con el Cusco.

La riqueza que significó la explotación primero de oro y plata, y luego de cobre, trajo consigo, como era de esperarse, la creación de pequeños poblados que muchas veces se asentaron en las antiguas agrupaciones prehispánicas, especialmente incásicas. Esto no impidió, sin embargo, que al interior se desarrollaran igualmente pequeñas comunidades rurales en torno a la agricultura.

Las planicies costeras verían crearse y desarrollarse pueblos y ciudades en torno a la evacuación y comercialización de los minerales mencionados. La ciudad más antigua de la zona es La Serena (1543), y hoy también la más poblada, en gran medida porque su emplazamiento y las condiciones orográficas de la zona la han convertido en un punto de convergencia de los diferentes poblados que han surgido en los diferentes valles transversales4. En efecto, estos ya comienzan a aparecer a las alturas de Copiapó, pero es más al sur que la depresión intermedia empieza a ser cortada por los valles fluviales de Huasco, Elqui, Limarí y Choapa, para rematar en el valle de Aconcagua coronado por el cordón montañoso de Chacabuco (Errázuriz et al. 1998: 93 ss.), generando un relieve confuso, irregular y surcado de cordones de cerros y de valles dedicados a la agricultura, que no hace fácil el desplazamiento de las personas.

En estos hechos nos fundamos para delimitar dos regiones naturales, la norte de la central, cuya frontera coincidiría en parte con el límite político-administrativo sur de la IV región establecido en 1995, e hipotéticamente postular la frontera lingüística entre un área norte y un área central que, como se advierte, tendría una base geográfica: el cordón montañoso de Chacabuco.

2. Area central. Desde el cordón de Chacabuco vuelve a aparecer la depresión intermedia, que se extenderá por algo más de 1.000 km, presentándose primero en forma de cuenca, como las de Santiago y Rancagua, y luego como planicies, hasta sumergirse en el golfo de Reloncaví.

Lo interesante es que desde el río Maule (35) hacia el sur esta depresión es acompañada en su sector oriental por un relieve que no sobrepasa los 850 m, antepuesto a la cordillera andina y diferente de esta, llamado habitualmente "La Montaña", que va estrechando el valle longitudinal hasta hacer difícil el desplazamiento antes de llegar al valle del Bío-Bío, a la altura del grado 36.

Pensamos que este factor geográfico es relevante y capaz de determinar la frontera entre dos nuevas regiones naturales ­que hipotéticamente también serían regiones o áreas dialectales­: la central y la sur. La región central, que se extendería desde el grado 32 al 36, abarcando las regiones político-administrativas V, VI, VII y Metropolitana, es la más importante del país por su población, por tener los centros urbanos más grandes, por poseer también el mayor desarrollo agrícola e industrial del país y un interesante desarrollo de la minería. Es, además, el centro de la actividad política, cultural y social del país y donde se forjó la nacionalidad chilena.

3. Area sur. El territorio que se extiende desde el río Itata (36) hasta el Toltén (39) conforma dos subzonas en lo que respecta a su poblamiento, diferenciadas desde los puntos de vista histórico y geográfico: una es la cuenca del Bío-Bío, al norte de la región, con la ciudad de Concepción, fundada tempranamente (1552) y la más importante de toda la región por constituir hoy el tercer núcleo poblacional del país. La otra subzona, denominada La Araucanía, desde la Colonia, es hoy llamada La Frontera por el papel que le correspondió jugar históricamente. El núcleo poblacional más importante es la ciudad de Temuco, centro geográfico, étnico, comercial y aglutinador de La Frontera.

Toda la región se caracteriza por la producción agrícola y forestal en el interior, y por la actividad minera e industrial (acero, textiles, papel, etc.) en la costa.

En este territorio estaba asentado el pueblo mapuche propiamente tal5, pero aunque el río Itata marcaba el límite norte de expansión de los mapuches, en los hechos el río Maule ­más al norte­ constituía la frontera norte real, que no debían sobrepasar los invasores (incas primero, españoles luego); esa era su "zona de seguridad" (Bengoa 2000: 22).

Desde el siglo XIX hasta ahora la situación de esta subzona ha cambiado radicalmente. Los grandes bosques fueron remplazados por cultivos y pastoreo, y los indígenas despojados de sus tierras y obligados a vivir en reducciones normalmente situadas en terrenos de poco valor agrícola.

Las dos subzonas difieren también en su poblamiento. Solo el de la cuenca del Bío-Bío es antiguo. Muchas de las villas y ciudades fundadas al sur del Bío-Bío, es decir, en territorio mapuche, aunque antiguas, debieron ser abandonadas o fueron destruidas por los indígenas, que recuperaron sus tierras y las mantuvieron por casi tres siglos. El poblamiento de esta zona es, pues, reciente. Su incorporación al territorio nacional solo data de fines del siglo XIX, por lo que las variedades idiomáticas españolas de esta zona han sido de igual manera recientemente introducidas con la población.

Por otra parte, la presencia en esta zona de la mayor concentración de población indígena del país le da un interés especial desde el punto de vista lingüístico.

Hemos dicho que el río Toltén es el límite meridional de la región que se describe. Pues bien, no parece ser casualidad que la frontera sur de los mapuches propiamente tales haya llegado hasta allí, aunque en rigor, algo más abajo: era el río Cruces complementado con el cordón montañoso de Loncoche y la sección de la cordillera de la Costa que, debido a la cuenca que deja el río Lingue al desembocar en Mehuín, se ensancha hacia el oriente hasta casi cerrar el valle de Mariquina.

4. Area sur-austral. A partir del grado 39 y hasta el 56 tenemos la que hemos denominado región sur-austral. En realidad, aquí también habría que distinguir dos subzonas, si nos atenemos a los hechos históricos, geográficos y de poblamiento. La primera subzona se extendería hasta el grado 43 aproximadamente, es decir, hasta la isla Grande de Chiloé.

Característica por sus lagos, ríos y bosques las actividades que en ella predominan son la ganadera y maderera, aunque no falta la agricultura.

Los núcleos urbanos más antiguos de esta subzona correspondían a dos enclaves españoles que perduraron como tales hasta entrado el siglo XIX. Uno fue Valdivia, fundada en 1552 y que dependió directamente del virreinato del Perú hasta 1741, y el otro fue el archipiélago de Chiloé, con la ciudad de Castro fundada en 1567, que dependió de ese mismo virreinato hasta 1826, constituido en el último reducto de la dominación española en Chile.

De estos núcleos, no hay duda de que el más interesante desde el punto de vista lingüístico es Chiloé, por su condición insular y austral, y el carácter disperso de su población, diseminada en decenas de pueblitos en que la ocupación de sus pobladores ha continuado orientada tanto a la agricultura como a la pesca y actividades marítimas. Este hecho, ligado a su prolongado vínculo con el Perú, ha traído como consecuencia una modalidad idiomática bastante diferenciada con respecto al resto del país, que se ha ido desperfilando en las últimas décadas a raíz del proceso de integración del país, a través especialmente de las comunicaciones y del desarrollo vial.

Aunque hubo otros núcleos poblacionales menores en siglos posteriores, el mayor poblamiento es más reciente, solo posterior a 1850, fecha del inicio de la colonización con alemanes primero y luego con otros europeos. Este proceso, dirigido por el Estado, se inició en Valdivia y se difundió hacia el sur, hasta la isla de Chiloé, y más tarde, en una segunda y tercera oleadas, hacia el norte (Blancpain 1985). De esa época tardía data la fundación de ciudades como Puerto Montt, Puerto Varas, Maullín y otras

La población de esta subzona estaba constituida por los huilliches, que aún hoy subsisten, en pequeño número y precariamente, en torno al lago Ranco, en San Juan de la Costa y en un par de enclaves de la región central y meridional de la isla de Chiloé.

La segunda subzona corresponde a las tierras que se extienden desde el sur de Chiloé hasta Magallanes, y que constituyen ambientes geográficos y humanos muy distintos, cuyo poblamiento ha ocurrido en épocas muy diferentes. En esta región Chiloé ha jugado un papel especial, como se ha dicho, ya que las condiciones de aislamiento, las dificultades económicas de la región y el carácter especial de su población, descendiente de chonos y cuncos, primitivos habitantes de la isla, de los que se sabe muy poco, ha impulsado a sus habitantes desde antiguo a emigrar todos los años en busca de trabajo, en primavera y verano, a Valdivia y aun más al norte, tanto como hacia el extremo sur, Punta Arenas y Puerto Natales. Aunque este éxodo es normalmente temporal, no son pocos los poblados y ciudades que han incorporado a los isleños en una suerte de colonización. Esto es notorio en Puerto Natales, por ejemplo, o en Puerto Edén, Aisén y Coyhaique, que han sido colonizadas solo a comienzos del siglo pasado, debido a su difícil acceso y a sus extremas condiciones climáticas.

En el extremo sur del país sobresale la ciudad de Punta Arenas, fundada a mediados del siglo XIX como pueblo de frontera, por el hallazgo de oro y el comercio de pieles de lobos marinos, lo que atrajo a una gran cantidad de inmigrantes europeos, entre los que sobresalen los croatas. Su consolidación como ciudad llegó con la ganadería de lanares en las vastísimas estancias que llegaban a la Patagonia argentina, y con el posterior descubrimiento y explotación del petróleo.

La población aborigen del extremo sur prácticamente ha desaparecido. Solo restan algunas decenas de qawashkar, reducidos a una pequeña caleta de la península de Brunswick, Puerto Edén, y los últimos descendientes de los yahganes, concentrados hoy en la isla Navarino, en torno a Puerto Williams, el poblado más austral del planeta, constituido por una población mayoritariamente foránea, en constante renovación por pertenecer a las Fuerzas Armadas chilenas.

Estructura lingüistica de Chile. De lo que se ha dicho antes en relación con las lenguas habladas en Chile, y a modo de síntesis, se desprende que se hablan, a nivel social, seis lenguas reconocidas: el español, el mapudungu, el aymara, el rapanui, el qawashqar y el yahgan. El español es, por cierto, la lengua materna de la mayoría de la población, y de pesquisar sus variaciones se trata la elaboración del atlas. Los hablantes de lenguas amerindias no sobrepasan el 4% de los habitantes del país. De estas, el mapudungu es, lejos, la que tiene mayor vitalidad, con sus 400.000 hablantes ­cifra imprecisa y más bien conservadora­, concentrados mayoritariamente en la IX región, aunque se los encuentra también, ya asimilados, o casi, en la ciudad de Santiago y otras ciudades del país. Le siguen el aymara, en el extremo noreste del país, y el rapanui, en Isla de Pascua. El qawashkar y el yahgan están prácticamente en vías de extinción.

En cuanto a las lenguas de colonización más notables, el alemán en el sur y el croata en el extremo sur, solo son habladas a nivel individual, y la gran mayoría de los descendientes de los colonos ya perdieron la lengua de sus antecesores.

3. LOS PUNTOS DE ENCUESTA

Aunque la densidad de la red de localidades del ALECh pudo haber sido mayor, en las encuestas preliminares ­que incluían más puntos de encuesta­ se registraron con mucha frecuencia las mismas respuestas en varias localidades vecinas, sobre todo en las regiones central y sur. Esto determinó, en general, que se tomara la decisión de aclarar la red en dichas zonas, pero sin arriesgar, con una densidad demasiado baja, la posibilidad de establecer eventuales áreas dialectales. A la inversa, hubo zonas en las cuales fue necesario espesar la red para dar cumplimiento a otros objetivos. En efecto, si bien el ALECh debe proporcionar una imagen general del español hablado en Chile que permita caracterizarlo como una variedad específica frente a las otras manifestaciones del español de América, también debe dar cuenta de su articulación dialectal interna; proporcionar información que eventualmente permita dar con variedades lingüísticas específicas del español de Chile que sean producto de la influencia de lenguas indígenas, especialmente del mapudungu; identificar los rasgos dialectales del español de Chile que hayan podido propagarse fuera de las fronteras nacionales, o de los que han penetrado en Chile provenientes de zonas lingüísticas vecinas.

Estas consideraciones determinaron, pues, que de las 216 localidades seleccionadas, ocho correspondieran a puntos fronterizos, situados en Perú, Bolivia y Argentina, con los que localidades nacionales mantienen contacto de manera permanente. Y también que se multiplicaran los puntos de encuesta tanto en los supuestos límites que separan cada una de las cuatro grandes zonas naturales en que dividimos el país y que pudieran eventualmente constituir zonas dialectales, como en la zona de influencia mapuche.

El criterio general para establecer la red de localidades del ALECh fue la actividad humana considerada predominante en cada una de ellas ­agropecuaria y forestal, minera, marítima, urbana­, asociada a las características orográficas del país: las dos primeras en la depresión intermedia, la marítima en la costa y planicies adyacentes, y la urbana en las ciudades establecidas en la costa de los extremos norte y sur del país, y en el valle longitudinal y la precordillera en el resto del territorio.

Las actividades agropecuaria y minera son las más extendidas en el país, por lo que se les debía dar especial importancia. Sin embargo, ellas no aglutinan a la mayoría de la población, que se concentra, al revés, en las ciudades (86,6% frente a un 13,4% rural), razón por la cual la densidad demográfica resultaba inapropiada como criterio principal para el establecimiento de la red de localidades. Se lo equilibró, pues, con el criterio geométrico de equidistancia entre las localidades, al que se sumó el criterio político-administrativo con el fin de asegurar que el máximo de las comunas (entendidas como unidades socioeconómico-culturales) estuviesen representadas. Complementariamente, se definieron como localidades urbanas, para efectos de nuestro atlas, aquellas que tuviesen más de 80.000 habitantes. De allí que, finalmente, fueran seleccionados 149 puntos rurales, 33 urbanos y 34 marítimos6.

Los tipos de localidades incidirían directamente en otros aspectos de la investigación, como nivel de habla recogida, condición y número de informantes por punto y diversidad de cuestionarios. En efecto, como es ya tradicional, se optó por recoger el nivel de habla popular de Chile, porque es el que maneja la mayor parte de la población y porque es el que presenta el mayor grado de variación. En las ciudades, no obstante, dada su mayor complejidad lingüística, se inquirió también por el nivel culto, lo que implicó encuestas paralelas y, por lo tanto, doblar el número de informantes.

La repercusión del tipo de localidad (clasificada de acuerdo a la actividad predominante de sus habitantes) sobre el cuestionario es evidente y se examinará en el apartado siguiente.

Los criterios adoptados determinaron el establecimiento de la siguiente distribución de los puntos de encuesta para cada una de las cuatro grandes regiones naturales, en las que se consideran regiones, provincias y comunas:


Los puntos seleccionados, con el código que aparecerá en la cartografía7, son los siguientes (* = localidad urbana; ** = localidad marítima; sin asterisco = localidad rural):

Como se puede observar, las localidades extranjeras son nueve: Perú: Tacna, Bolivia: Charaña, Argentina: Mendoza; Codihué; Bariloche; Trevelin; Los Antiguos; Río Gallegos; Río Grande.

Todos estos datos permiten entregar la siguiente tabla de caracterización del ALECh:

 
* Esta cifra corresponde al territorio realmente habitable, a la ecúmene, y no a la superficie total del país (sin considerar el territorio antártico chileno), que alcanza a unos 742.000 km2.

 

4. EL CUSTIONARIO

Como ya se adelantara en otra parte (Wagner 1998), se optó por un cuestionario diferenciado o, si se prefiere, por tres cuestionarios que poseen en común cuatro secciones: léxico general, fonética, morfología y sintaxis. A esta base común de 804 ítemes o preguntas se le suma el léxico rural (agropecuario, forestal y minero), lo que conforma el Cuestionario I, con 1.397 ítemes. El Cuestionario II se completa con el léxico urbano (977 ítemes), y el Cuestionario III, con el léxico marítimo (886 ítemes).

Un territorio como el chileno, que se extiende entre los paralelos 17 y 56 Sur, acoge, como se ha dicho, una geografía muy diversa, que ha condicionado por cierto a su población, impulsándola a generar actividades socioeconómicas diferenciadas, cuyas expresiones dialectales nos interesa recoger. Así, tiene sentido preguntar por la minería solo en aquellas localidades donde se realiza esa actividad, la región norte especialmente y el extremo sur, o por la agricultura preferentemente en las zonas central y sur, porque ella no existe en el extremo sur y está reducida al mínimo en el extremo norte. No puede ser de otra manera, aunque eso lleve a una cartografía con secciones léxicas sin respuestas. No se puede modificar la realidad; al revés, se trata de dar cuenta de ella, lingüísticamente.

La ordenación de las secciones en el cuestionario comienza con los aspectos comunes a los tres cuestionarios, para luego incorporar las diferencias (V. más adelante). Este era también el orden habitual en que se preguntaba, aunque no faltaron las ocasiones en que luego del léxico general y la fonética se pasó prestamente al léxico diferenciado correspondiente a la localidad cuando el informante comenzaba a mostrarse intranquilo por su falta de respuestas a las preguntas sobre morfología.

Aunque siempre estuvimos conscientes de que nuestro cuestionario debía contemplar amplias secciones comunes a los atlas lingüísticos hispánicos ya realizados, el cuestionario resultante no quería ser una mera copia de los ya existentes. Por esta razón, el cotejo con esos cuestionarios se dejó para una segunda etapa. Para la primera, se prefirió que los diferentes investigadores propusieran para su análisis tantos precuestionarios como temas se deseaba incorporar a los tres cuestionarios finales.

FUENTES DEL CUSTIONARIO. Para lo relativo a los aspectos fonético y gramatical, se tuvieron en cuenta las particularidades del español hablado en Chile, y las variables geográficas señaladas especialmente por los trabajos parciales de geolingüística realizados en el país.

Para elaborar el léxico se recopilaron todos los antecedentes necesarios sobre las actividades productivas y las ocupaciones de la población de cada región, su geografía, su historia y su flora y fauna características.

El precuestionario resultante, de alrededor de 4.700 ítemes, fue reducido a las cifras ya mencionadas anteriormente, al limitarnos a las preguntas esenciales sobre cada tema o apartado, que luego fueron cotejadas con las de otros cuestionarios. Revisamos el cuestionario del Atlas lingüístico y etnográfico de Colombia (ALEC) y el del Atlas lingüístico de España y Portugal (ALEP) en primer lugar, por tratarse de atlas nacionales, como el nuestro, para cotejar las preguntas y verificar el grado de importancia que se le asigna a cada uno de los temas.

Para fonética, morfología y sintaxis hemos revisado también el cuestionario del ALESUCh, deudor del Cuestionario hispanoamericano de Tomás Navarro en este aspecto, y de los materiales de la obra de Oroz (1966), pero reduciendo la sección de sintaxis y simplificando la morfológica, que en relación a los sufijos y terminaciones verbales hemos mantenido, a pesar de que la falta de espontaneidad y, sobre todo, una cierta tendencia a la respuesta mecánica por parte de los testigos, plantea razonables dudas sobre la confiabilidad de muchas de esas respuestas.

En cuanto al léxico, se ha cotejado primeramente con el Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía, ALEA, y luego con los cuestionarios de los atlas de las Islas Canarias, ALEICan, y de Castilla-La Mancha, ALECMan.

El léxico urbano es totalmente nuevo: salvo en lo relativo al comercio y a los juegos infantiles ­sección que había sido creada específicamente para el ALESUCh­ no tiene otro punto en común con el que se utilizó exitosamente para el atlas del sur de Chile. Considerando las tres décadas transcurridas entre uno y otro se tuvieron en cuenta los diversos aspectos atinentes a la ciudad de hoy y que pudieran tener rendimiento. A pesar de las encuestas preliminares, permanecieron preguntas que hoy quitaríamos.

Respecto al léxico rural no son muchas las innovaciones que se han incorporado al cuestionario, dado que esta área es precisamente la más común en los atlas lingüísticos. Las hay, sin embargo. Ya lo era la sección sobre el aserradero que, con la debida reducción correspondiente a un atlas nacional, tomamos del ALESUCh, para el que fue redactada. Se incorporaron también secciones sobre minería del carbón, cultivo de la vid, horticultura, plantas y árboles, aves y animales de las distintas regiones, para lo cual fue consultada la información proporcionada por Chile a color. La tierra en que vivimos (1983), Campos (1996), las obras de Hoffmann 1978, 1982 y 1991 sobre la flora chilena y las Guías para el reconocimiento de la fauna y flora de la colección Expedición a Chile, de Moreno y Castilla (s.f.), Donoso (s.f.), Miller y Rottmann (s.f.), Castilla, Santelices y Becerra (1976). Respecto de la flora y fauna se hizo una selección de acuerdo a dos criterios: la existencia conocida de variantes populares de un individuo y su extensión a todo o casi todo el país.

CUESTIONARIO

Localidad

 

LEXICO GENERAL








MORFOLOGIA





 

SINTAXIS

 

LEXICO URBANO



 

LEXICO RURAL











 

LEXICO MARITIMO

5. ESTADO ACTUAL DE LOS TRABAJOS

Habiéndose recopilado los materiales para el atlas entre 1997 y 2000, con el apoyo del Consejo Nacional para la Investigación Científica y Tecnológica de Chile, CONICYT, se inició en 2003, con el mismo apoyo, la segunda etapa de elaboración del ALECh.

Se ha comenzado por codificar la red de 216 localidades para facilitar la presentación de los datos en los mapas mudos o mapas de fondo, para lo cual se optó por utilizar un doble código: geográfico y numérico, como se ha explicado con anterioridad.

Han sido elaboradas las láminas de concentración (de 120 cm por 92 cm) del material lingüístico recolectado, sin duda el trabajo más arduo, por el tiempo que se le debió dedicar y por la atención que exigió del personal técnico trasladar aproximadamente al millar de láminas las pequeñas fichas preperforadas de los cuadernillos que contenían las respuestas, respaldadas por una copia en calco químico, mecanismo que debía evitar errores de copiado.

Igualmente, se ha elaborado la tabla de caracteres fonéticos electrónicos (que hemos denominado Código Fonético Chileno (CFCh), que permitirá transportar las respuestas de cada una de las referidas láminas de concentración a la base de datos que se pretende crear. El CFCh está fundado en los siguientes criterios:

­ aprovechamiento de todos los caracteres ASCII del teclado de la computadora, para que cada signo fonético corresponda en lo posible a una sola tecla, utilizando los modos mayúscula y minúscula,

­ que las variedades estándar coincidan en lo posible con la letra correspondiente al alfabeto ortográfico,

­ que los signos fonéticos provistos de diacríticos exijan el mínimo de movimientos en su digitación,

­ que operen como una fuente de símbolos, de modo que se puedan utilizar para trabajar posteriormente sobre la masa fonética,

­ que los signos fonéticos sean caracteres de texto y no de imágenes.

Se han diseñado varias tablas de datos para configurar la base de datos del material recopilado, de modo que permitan, por un lado, la elaboración de los mapas y, por otro, faciliten al usuario la consulta del material a partir de varias puertas de acceso con un sistema multiclave. Esta base de datos está configurada por las siguientes tablas:

­ de localidades, constituida a su vez por varios campos: nombre, código de identificación, imagen,

­ de informantes, constituida por dos campos: nombre, imagen,

­ de ítemes de cuestionario, conformada por los siguientes campos: ortografía convencional, variantes fonéticas, variantes léxicas, localidad, informantes, ámbito léxico, sonido, imagen,

­ de posición geográfica, con los campos: nombre de localidad, posición.

En estos momentos se está trabajando paralelamente en dos líneas:

­ en la confección del mapa de fondo, que incorporará los códigos de las localidades a partir de la ubicación geográfica; los límites regionales, en trazo tenue; las coordenadas geográficas indicadas al margen; y los principales accidentes hidro y orográficos de Chile, como referencia general,

­ en el poblamiento de la base de datos, tarea larga y delicada, que llevará todo el año 2004.

En el curso de este año se habrán de generar, además, los soportes cartográficos en pantalla y en papel, con la red de localidades; diseñar las ventanas de diálogo o menú contextual, y diseñar y estructurar los mapas convencionales.

NOTAS

1 No contamos el Atlas lingüístico y etnográfico de Chile (ALECh), de Gastón Carrillo, concebido en 1968, por no haberse materializado nunca la recogida de datos, ni el Atlas lingüístico-etnográfico del Norte de Chile (ALENOCh), iniciado en 1978 por Ángel Araya, pero interrumpido en 1980 sin haber alcanzado ningún volumen publicado. Más antecedentes en Wagner 2001-2002: 39-40.

2 También en Hispanoamérica (García Mouton 1992: 703).

3 En lo que sigue, utilizaremos como base la información general sobre el país proporcionada por Gastón Carrillo en su artículo de 1969 titulado "Atlas lingüístico y etnográfico de Chile (ALECh)", dado que es una tarea ya realizada para el mismo propósito y con datos generales que, debidamente actualizados, continúan siendo válidos. A esa información se añaden por cierto otras fuentes y nuestra personal interpretación de los hechos en función de las hipótesis que guiaron el diseño del ALECh.

4 Papel similar juega la ciudad de Temuco más al sur, en el paralelo 39.

5 A la llegada de los españoles, los mapuches ocupaban un extenso territorio. Entre el río Choapa por el norte (32) y el Itata (36), en los valles de Aconcagua y Mapocho, vivían los picunches, mapuches sometidos a los incas, y en proceso de cambio cultural acelerado como consecuencia de esa influencia (Bengoa 2000: 20-21). Al sur del río Toltén hasta el golfo de Reloncaví (43) se encontraban los huilliches, mapuches mezclados con pueblos vecinos como los chonos y otros grupos de las islas. Todos ellos considerados un mismo pueblo, puesto que lengua ­con las diferencias dialectales del caso (Croese 1980: 7-38)­, costumbres y creencias son, en lo esencial, las mismas.

6 Estas cifras corrigen las entregadas en Wagner 1998.

7 Dada la configuración geográfica del país se optó por una enumeración simple de las localidades, correlativa por región (designadas por N(orte), C(entro), S(ur) y A (Sur-Austral), de arriba a abajo y de izquierda a derecha, para facilitar la ubicación geográfica.

OBRAS CITADAS

Araya, Guillermo. 1968. Atlas Lingüístico-Etnográfico del Sur de Chile (ALESUCh). Preliminares y Cuestionario. Anejo n 1 de Estudios Filológicos. Valdivia: Univ. Austral de Chile.

Blancpain, Jean-Pierre. 1985. Los alemanes en Chile (1816-1945. Santiago: Dolmen Edic.

Campos Cereceda, Hugo. 1996. Mamíferos terrestres de Chile. Guía de reconocimiento. Chilean Terrestrial Mammals. Identification Guide. Valdivia: Alborada.

Carrillo, Gastón. 1969. "Atlas lingüístico y etnográfico de Chile (ALECh). Consideraciones generales. Territorio. Determinación de la red de localidades. Cuadernos de Filología 2-3: 13-84.

Castilla, Juan Carlos, Bernabé Santelices y Raúl Becerra. 1976. Guía para la observación e identificación de Mariscos y Algas comerciales de Chile. [Santiago]: Edit. Gabriela Mistral.

Croese, Robert A. 1980. "Estudio dialectológico del mapuche". EFil 15: 7-38.

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Chile a color. 1983. La Tierra en que vivimos. Textos de Alvaro Barros sobre Guías para TVN de Sergio Nuño. Santiago: Edit. Antártica.

Donoso, Claudio. s.f. Guía para la identificación de árboles de Chile. [Santiago]: Edit. Gabriela Mistral.

Donoso, Claudio. s.f. Arboles nativos de Chile. Guía de reconocimiento. Chilean Trees. Identification Guide. Colecc. Naturaleza de Chile vol. 1. Valdivia: Edit. Alborada.

Errázuriz, Ana María et al. 1998. Manual de Geografía de Chile. 3 ed. Barcelona: Edit. Andrés Bello.

García Mouton, Pilar. 1992. "Sobre geografía lingüística del español de América". Revista de Filología Española. El español de América LXXII.3-4: 699-713.

Hoffmann, Adriana. 1978. Flora silvestre de Chile. Zona central. Santiago: Edic. Fundación Claudio Gay.

Hoffmann, Adriana. 1982. Flora silvestre de Chile. Zona central. Santiago: Edic. Fundación Claudio Gay.

Hoffmann, Adriana. 1989. Cactáceas de la flora silvestre de Chile. Santiago: Edic. Fundación Claudio Gay.

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Latcham, Ricardo. 1928. La Prehistoria Chilena. Santiago: s.e.

Lenz, Rodolfo. 1940. "Estudios chilenos. Fonética del Castellano de Chile". BDH, vol. VI. El español en Chile. Trabajos de Rodolfo Lenz, Andrés Bello y Rodolfo Oroz. Buenos Aires: Univ. de Buenos Aires.

Martínez, Osvaldo. s.f. Plantas trepadoras del bosque chileno. Climbing Plants of the Chilean Forest. Identification Guide. Valdivia: Edit. Alborada.

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Oroz, Rodolfo. 1966. La lengua castellana en Chile. Santiago: Univ. de Chile.

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